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Cruzar en rojo es más divertido

Por: Alba Martínez Marcos


Como dice el título: el momento adecuado para cruzar. (Foto de Pinterest).


No soy una persona que plantee propósitos de año nuevo cada vez que llega enero, sin embargo, sí me gusta echar la vista atrás para observar cómo se han desarrollado los anteriores doce meses respecto a experiencias, emociones, deseos, vínculos, y aspiraciones. Creo que ello habla de cómo recibo y proceso información sobre todo aquello que me rodea. Mis expectativas no están tanto puestas en un yo futuro sino, más bien, prefiero analizar lo ya vivido para, posteriormente, elaborar conclusiones y actuar en consecuencia.


La elaboración y deselaboración de expectativas ha sido un ejercicio que he aprendido a cultivar este último año. Durante mucho tiempo me he considerado una persona más bien rígida, la cual requería de conocer al contrario en su totalidad, con todas sus aristas y sus posibles quiebres, para, así, tener un control absoluto de la situación. Mi racionalidad ha forjado mis vínculos y, en consecuencia, en cómo en ellos he articulado ideas en torno a elementos imprescindibles y a elementos rechazables que, en ocasiones, sustentaban ninguna relación con mi plano más emocional. Al valorar las opciones y las consecuencias, determinaba si merecía la pena correr el riesgo. De esta manera, al pensar en términos de riesgo, el descubrimiento y la curiosidad propias de cualquier inicio vivido con esperanza se replegaban frente al miedo y la pérdida. Tales sensaciones me hacían construir una imagen exacta de mis expectativas y de todo aquello que consideraba como deseable: desde el objeto en sí mismo como de las formas de llegar hasta él.


Esa idea perfectamente calibrada terminó siendo muy dañina. Generar una falsa idea de control, donde se localicen todos los escenarios futuribles, tampoco me ha asegurado que aquello sobre lo que he depositado mis ilusiones se haya terminado materializando. Mis expectativas me han dado de bruces con una realidad amarga: hay veces que elementos más imperceptibles y de carácter sentimental pesan más que estrategias totalmente premeditadas y altamente lógicas. Se me ha hecho muy complicado hacer las paces con la idea de que aspectos que estereotípicamente he pensado como deseables para mí, puede que no sean suficientes para mí plena satisfacción.


En la entrada de este enero, no obstante, creo estar aprendiendo la lección. Puede que mis entrañas también tengan algo que decirme respecto a mi toma de decisiones. Desmitificar mi esquema de pensamiento a la hora de generar expectativas puede abrirme nuevas puertas que anteriormente no podría siquiera haber valorado. Así convierto, paradójicamente, la deselaboración de expectativas en mi resolución de año nuevo.

 
 
 

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