¿Y si la disculpa fuese una figura barthesiana más?
- Alba Martínez Marcos
- Oct 31, 2025
- 5 min read
Por: Alba Martínez Marcos

Mi colaboración en Generación para esta edición dista de todo aquello que he podido hacer anteriormente: quiero intentar replicar un capítulo de Fragmentos de un discurso amoroso (1977) del crítico francés Roland Barthes. Este libro de filosofía nos lleva persiguiendo tanto a Maggie como a mí desde hace medio año. Ninguna de las dos nos habíamos atrevido a dar el paso de embaucarnos en sus páginas, ya fuese por la complejidad del texto o por su carácter innovador a la hora de hablar de un tema tan mundano como olvidado por las ramas científicas. Este mes, ambas hemos tomado prestado el libro de nuestras respectivas bibliotecas municipales, y me está fascinando. Me he reído. Me he sentido vulnerable. Me sorprende constatar cómo la experiencia amorosa parece ser universal. Por ejemplo, toda persona se ha entristecido al comprobar como ese Otro, una vez que deja de ser amado, parece comportarse de modos que avergüenzan – aquellos chistes que antes parecían tan graciosos ahora son vulgares y carecen de sentido –; y al revés, como puede ser generalizable el sentir exasperación al intentar describir qué es lo que te parece adorable del Otro, esto es, como las palabras parecen no alcanzar a la emocionalidad que se experimenta al pensar en la persona amada – la bondad, la belleza o la inteligencia no parecen ser adjetivos que responden en su totalidad la pregunta de ¿qué te gusta del Otro? –.
“La disculpa” será la figura que tome para este ejercicio. Barthes describe las figuras como aquellos retazos que se encuentran en el discurso amoroso sin orden, jerarquías o lógicas que se fundamentan a medida que la experiencia en primera persona del sujeto amoroso se va conformando o, también es posible, por lo que se observa, se escucha e incluso se consume como producto amoroso. Estas ideas aleatorias no consisten en una teorización perfecta sobre el amor; es más, como hace el propio amor, vagan, erran, aparecen y desaparecen en el hilo del pensamiento del sujeto amoroso. Su principal función, más que describir una realidad, es que quien aquí se encuentre otorgue mediante la inocencia de su imaginario una lectura personal y única: “Lo propio de una tópica es ser un poco vacía: una tópica es, por estatuto, a medias codificada y a medias proyectiva” (Barthes en el apartado “Cómo está hecho este libro”). Lo dicho aquí sobre la disculpa, por lo tanto, no es más que un complemento ofrecido a la persona lectora si, en caso exitoso, se siente apelada y comprendida. Es, pues, una persona enamorada la que habla y dice:
La disculpa es una forma de aprendizaje vicario. ¿Qué hay de honestidad en un gesto asimilado mediante propaganda romántica propia del capitalismo emocional? ¿Qué peso cultural poseen los ramos de flores o las cajas de bombones como acto de perdón? La originalidad que desea el sujeto amoroso frente al Otro es desterrada en cuánto se recibe un elemento material que, por un lado, carece de mensaje, y, por otro lado, probablemente ya haya sido replicado en otras ocasiones por el Otro hacia, precisamente, algún sujeto amoroso previo.
La disculpa tiene un objeto claro: la reconciliación con el Otro. De ser así, ¿quién sostiene el poder ante dicho acto propio del deber amoroso? La vulnerabilidad de la persona dolida es legitimada en el acto de la disculpa. Ello la reconoce como sujeto sobre quien se ha ejercido un mal. Se despierta la empatía, la culpabilidad del Otro. Sin embargo, quien debe disculparse es quien, realmente, controla la situación: es quien marca los ritmos, quien decide cuando el conflicto puede cesar.
Es imperante que la disculpa llegue temprano, ya que, de no ser así, el sujeto amoroso presupone que el Otro continúa sus quehaceres. Es entonces cuando una gran sensación de angustia y vacío se cierne sobre el sujeto amoroso: el Otro es capaz de vivir sin mí. Toda fisura en la devoción es una falta. Los cimientos del amor construido parecen temblar. Se despiertan sensaciones de desprecio: el Otro no me ve de la forma en la que yo lo veo.
“¿Estoy enamorado? Sí, porque espero” (Barthes en el apartado “Espera”). Recibo menos de lo que doy en tanto que yo — contrariamente al Otro, que es quien controla la escena amorosa — estoy predispuesta a la espera.
El recibimiento de una disculpa puede ser experimentado desde diferentes ángulos y desde diferentes tiempos. Si se piensa al otro cómo un sujeto perverso, insensible o deshonesto, el enfado seguirá latente sobre la escena amorosa. Esa escena siempre debe haber sido reciente. Por el contrario, si esa escena amorosa se dilata lo suficiente, la disculpa ya no es esperada. Hay un abandono. Se provocan los efectos de un pequeño duelo. Cuando dicha disculpa finalmente acontece, el sujeto amoroso se siente aliviado y, debido a ello, los sentimientos se traducen en cordialidad y palabras amables.
La disculpa no es recibida meramente en el momento en el que se circunscribe: el rechazo o la aceptación de la disculpa está delimitada por su contextualización previa. Toda la estructura de mi imagen con el Otro se observa desde la lejanía: los resaltos, las trampas, las delicadezas, los detalles, las faltas de atención. No se trata de una racionalidad sobre los hechos acontecidos, sino, más bien, sobre un añadido a la cartografía de la relación amorosa. ¿Un saliente es merecedor de resquebrajar la idea que sostengo sobre el Otro? ¿O dicho saliente es pensado como un pliegue que, como en el proceso de erosión que acontece a las montañas, crea espacios y formas únicas?
La necesidad de aportar una nueva figura a la obra de Barthes se sustenta en la consideración siguiente: “el discurso amoroso es hoy de una extrema soledad” (Barthes en “Introducción” de Fragmentos de un discurso amoroso). Miles de personas hablan dicho lenguaje, experimentan tales sensaciones y discuten sobre la intensidad o la durabilidad de las mismas; sin embargo, no se encuentra sostenido por el romanticismo que le es propio. Devolver la pasión y la ternura a un discurso amoroso que actualmente parece verse vertebrado por el individualismo y el miedo a una conexión genuina con el Otro pasa por reconocer pasajes incómodos y desagradables sobre los que una misma — como mujer, como amante y como feminista — detesta vislumbrar contra un espejo. El relato de todo aquello que deseamos ocultar, esto es, la vulnerabilidad o la dependencia a la persona amada, parece más liviano al mostrarse como experiencia compartida. La fragilidad debe tener cabida en los brazos del Otro.
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