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Culpa ubi [non] est

Por: Adela López


Retrato de Sor Juana Inés de la Cruz. Miguel Cabrera, c.1750. Museo Nacional de Historia, Castillo de Chapultepec.
Retrato de Sor Juana Inés de la Cruz. Miguel Cabrera, c.1750. Museo Nacional de Historia, Castillo de Chapultepec.

¿O cuál es más de culpar

aunque cualquiera mal haga: 

Religión que promete que satisfaga

¿O las que quieren autoesclavizar?


Conocí la obra y la persona de Sor Juana Inés de la Cruz en 1º de carrera, en una clase de literatura latinoamericana. Era una niña prodigio, hablaba latín y náhuatl y llegó a ser conocida como “la Décima Musa” por los eruditos de Nueva España. Después de pasar unos años al servicio de la corte de los virreyes, y al no tener la posibilidad de ir a la universidad como los hombres de la época, Juana Inés tomó los votos y entró a la orden de las jerónimas a los 20 años para así tener la oportunidad de dedicarse a las letras y a los estudios, publicando una obra que abarcaba teología, literatura, historia, derecho, astronomía, y filosofía.


Su obra me explotó la cabeza. Una mujer, además monja, criticando a la doble moralidad de los hombres del siglo XVII, escribiendo estrofas como “¿O cuál es más de culpar / aunque cualquiera mal haga: / la que peca por la paga, / o el que paga por pecar?” Una mujer, además monja, atrevida y tremenda.


Quizás amenazados por el éxito de Sor Juana Inés, y perturbados por su empeño en proyectos fuera del alcance de las celdas, las autoridades religiosas (y masculinas) de la Muy Noble y Leal Ciudad de México le presionaron a “abandonar los estudios humanos para proseguir, desembarazada de este afecto, en el camino de la perfección.” Enclaustrada y cuidando a las hermanas durante una epidemia de fiebre tifoidea, escribió su propia esquela, por si le pillase la epidemia también, afirmando que “he ido y soy la peor que ha habido. A todas pido perdón por amor de Dios y de su madre. Yo, la peor del mundo, Juana Inés de la Cruz”.


La clase de literatura incluyó una película de María Luisa Bemberg sobre la vida de Sor Juana Inés de Cruz, que termina con una escena en la cual Sor Juana Inés renuncia a los estudios, a su vida literaria, académica, en búsqueda del saber, firmando en el rojo vivo de su sangre una sola línea: Yo, la peor de todas


En ese momento desconocía la licencia artística (en realidad ella había firmado su nombre en sangre, no un superlativo autoinfligido), pero estaba cautivada. ¿Cómo es que ella pudiera haber llegado tan lejos y decidido a dejarlo todo, disculpándose? ¿Y cuántas veces me había sentido exactamente así, la peor de todas, machacándome por todo? 


Pero para mí, a pesar de la distancia de unos trescientos años, ella era, al fin y al cabo, una mujer cuyo comportamiento estaba condicionado por el hecho de ser mujer, por la religión, y por ser mujer dentro de la religión –algo que también me ha marcado. 


***


Aunque no tengo el recuerdo como tal, cuando tenía tres o cuatro años volví de la escuela dominical anunciando que la Señora Smith nos había dicho que las niñas sólo podríamos ser maestras, enfermeras o madres. Afortunadamente, mi padre me sacó de allí inmediatamente. 


Pero acabamos volviendo unos años después a otra iglesia que era supuestamente más “progre”, donde las enseñanzas iban a menudo en torno al pecado y el perdón. Los padres encargados de las clases dominicales en el gimnasio de la iglesia nos enseñaron que la traducción para pecado en parte de la Biblia era “trapos sucios menstruales”, porque claro, la sangre menstrual debía de dar asco como un pecado en los ojos del Señor. Nos citaban versículos como “No permitan que el enojo les dure hasta la puesta del sol”; tomándolo a pecho, me sentía fatal si guardaba cualquier rencor al ir a la cama. Ni hablar del hecho de que llevábamos la culpa del pecado original, solo por ser mujeres. 


No ayudaba que padecía un TOC no diagnosticado, que primero se manifestó por un lavado de manos obsesivo en 2º de primaria y que se torció años después en un lavado de alma. Aterrorizada por el miedo de ir al infierno, me cogí una escrupulosidad por rezar por mi familia y los amigos, por pedir perdón por pensamientos “sucios”. Todo muy Pecadores en las manos de un Dios airado (un sermón de Jonathan Edwards, teólogo que predicaba fuego y azúfre, si no conoces la historia puritana de los Estados Unidos). Mientras la religión le dio a Sor Juana Inés la oportunidad de estudiar, siendo así un escape (por lo menos temporal), a mí me encarceló.


Así, con frases como “corazón de siervo” y versículos como “Que ninguno busque su propio bien, sino el del otro,” aprendí a navegar por el mundo de manera servicial y dócil. Como un jainista que barría las hormigas de su camino para evitar hacer daño a la más mínima criatura, intentaba no ofender a nadie, disculpándome por cualquier ofensa que pudiera haber infligido. Sumisión era disculparse, y disculparse era sumisión.


Cuando miro hacia atrás, me parecen estupideces: me disculpaba por pensar que contestara mal a alguien. Por decir que sí, por decir que no. Por irme de los EE. UU., por quedarme en España. Por lo que hacía, por lo que no hacía. Por estar decidida. Por no decidir. Por no saber lo que quería hacer con mi vida. Una verdadera parálisis, ya que me habría acostumbrado a poner las necesidades de los demás ante las mías, acoplándome a lo que quería la gente de mí y no lo que quería yo, así evitando que fuera “egoísta”.


Supongo que en esa edad adolescente y hasta en mis años de adultez lo que realmente buscaba era la aprobación y quedar bien con la gente. Un síndrome de la niña buena, queriendo ser querida a cualquier precio. Pero sí que pagué el precio: ya perdí demasiados años en acoplarme a los demás, por disculparme por cosas que realmente no se merecían  disculpas. Sin embargo, es algo que aún tengo que mejorar (“Deja de pedir perdón,” me dice mi jefe, mis compañeras de piso). 


Tengo que dejar de pedir perdón  –o por lo menos, debo pedírmelo a mí misma. 


***


Desde luego, tales enseñanzas tuvieron un efecto terrible en mi psique, lo que sigo reconciliando ahora gracias a una deconstrucción importante; pero el poder de la religión sobre las mujeres no es tan fácil de escapar. El auge del concepto de los tradwives (“esposas tradicionales”) es, para mí, muy preocupante, ya que se está proliferando en círculos de derechas. 


Por un lado, puedo entender el cambio de algunas mujeres, quemadas por algunos objetivos arbitrarios en constante cambio (tienes que tener un trabajazo, pero que tu éxito no amenace a los demás, e inteligente, pero no demasiado…). Esta vorágine es tan cansadora que no me extraña que quieran  dejar a la carrera de locos en un sistema capitalista y enfocarse en otros propósitos. Pero es como si su regreso a la vida doméstica fuera una disculpa por ser como Ícaro –al volar demasiado cerca al sol, su papel de subordinación sirve como una disculpa en sí mismo. Perdón por haber querido ser un girlboss. Perdón por haberme dejado llevar por el feminismo. Estoy aquí para servir, para cocinar, para ser madre y para servir. 


Esta disculpa se ve hasta en el dialecto de un subgrupo de mujeres conservadoras en la llamada fundy voice (“voz fundamentalista”), una entonación super-femenina, aspirada, suave, que se nota en círculos de mujeres cristianas fundamentalistas. Como critica la autora Tia Levings, “Es la negación de nuestras voces, la supresión de nuestro timbre natural y nuestro rango de emoción”; no eres una amenaza a los hombres si no levantas la voz ni hablas con tonos fuertes. Algunos llegan a poner otro adjetivo –fundy baby voice– y con razón, ya que el tono que se adopta es más bien una infantilización: ¿Qué mejor manera de demostrar sumisión que hablar con mansedumbre, como una muchacha obediente en lugar de una mujer? 


Y esto ya ha empezado a invadir a la cultura corriente, en gran parte debido a las “influencers”; veo a la gente no-religiosa adoptar esta mentalidad, sometiéndose a un papel más “tradicional”. Hasta en España se ve con personajes infantilizados como RoRo, una mujer joven que habla con entonación de niña, preguntando a su novio qué quiere comer y que se ha convertido en meme (con razón).


Pero, ¿adónde nos lleva todo esto? Se dice que es más fácil pedir perdón que permiso; ¿están las mujeres hartas de que las culpen, de tener que luchar por derechos y avances mínimos, de que simplemente cedan en una disculpa preventiva? Esto es lo que quiere el gobierno cristofascista: que las mujeres no solo se sometan, sino que se arrepientan de haberse atrevido a abandonar su presunta esfera.


Una disculpa puede reparar un daño, pero cuando la vida misma se vive como una disculpa, también puede crear el mismo. Habiendo visto los efectos acumulativos del género y la religión en mi propia forma de navegar por el mundo, me pregunto ¿por qué las mujeres están cediendo voluntariamente, viviendo sus vidas como una disculpa constante? Si se pide perdón demasiado, se diluye, se pierde el significado; si las mujeres siguen como si su existencia fuera una disculpa, nos haremos superfluas, como si no existiéramos.


***


Antes ​​pensaba que Sor Juana Inés de la Cruz se sentía verdaderamente mal por haber estudiado, como si un lavado de cerebro de su confesor, el Padre Núñez y Miranda, le hubiera funcionado. Si yo realmente pude sentirme la peor de todas, quizá ella también; como bien sabía yo, el contexto social puede llevar a uno a pensar que realmente había hecho algo terrible.


Ahora creo que Sor Juana firmó esa confesión para burlarse de sus detractores. Obviamente, no puedo hablar por ella, pero me gustaría pensar que sabía que no había hecho nada malo y que habría elegido el mismo camino una y otra vez, pero los sistemas en juego la obligaban a mostrar remordimiento, y fingió hacerlo como un medio de supervivencia. Firmar con sangre fue solo la guinda del pastel para mostrar un remordimiento exagerado, y obligada a abandonar sus estudios y su escritura, se aseguraría de tener la última palabra. Quien ríe último, ríe mejor.


Y si ella pudo decir que fue la peor, pienso en la persona que podría haber sido si no hubiera sido "la buena". ¿Habría terminado ocupando otro lugar en el mundo? ¿Habría encontrado una expresión más plena de lo que podría ser? ¿Y si eso, aunque sea años después, todavía es posible? 


Sor Juana Inés me acompaña: un retrato en el Museo de las Américas, un monumento en el Parque del Oeste, una exposición en el Museo del Prado. Y cada vez que la veo, pienso en su firma con sangre, y me pregunto: Sor Juana, ¿por qué pediste perdón? No fue tu culpa en absoluto. 


Y ella responde: Bueno, la tuya tampoco.

 
 
 

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