¿Cómo estás?
- Alejandro R. Padín
- Aug 29, 2025
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Por: Alejandro R. Padín

Hoy me pegaría un tiro. Al llegar a casa abriría el cajón de los recuerdos de mi padre, alimentaría su revólver con la bala más roñosa que encuentre y con total confianza apretaría el gatillo, en paz, tranquilo.
Ha sido un día en el que mi habitual mueca de indiferencia ha sido suplantada por la sonrisa más genuina; he disfrutado tanto… que no me apetece tentar otro final. Podría vivir mucho más de lo que seguramente imagino, momentos que dignificarían la generosidad que tuvo mi madre al parirme, pero no me apetece. Seguir viviendo sería confirmar una lucha sin sentido, en la que, con toda seguridad, ganar no sería una opción. Retrasar la muerte no impedirá su victoria. Y el hecho de elegir un día como hoy, en donde nada ha podido salir mejor, me da la posibilidad de aceptar mi rendición con la actitud más vacilante que dispongo. No habré ganado, pero hoy, hoy me he acercado a algo parecido. Que te jodan, me voy a pegar un tiro… y a lo mejor le pego otro a tu madre antes.
Aunque pensándolo mejor, no quisiera ser impertinente, me ahorraré el discurso.
—Bien, Juan, mejor que nunca.
—Me alegro, me alegro, te veo bien cabrón, tienes mejor cara.
Para que me entendáis mejor: la suerte de óvalo amorfo que configura lo que podríamos llegar a percibir como el rostro de Juan es más parecido al de un asno con rasgos marcianos que al de un treintañero corriente. Por eso cualquier apunte que ese error de la especie humana tenga acerca de mi cara me repugna más que compartir el aire con la suya. Supongo que ya me han jodido el día, no voy a poder pegarme un tiro. Aun así sonrío. Por favor, vete ya.
—¿Y cómo te va de lo tuyo? —Un ademán condescendiente se revela entre las sílabas de su pregunta.
Diría que no me va tan mal "de lo mío", suponiendo que soy doctor en soportar a soplapollas del calibre de mi compañero aquí presente. Por ello, haciendo honor a mi formación, le contesto certero, sin pelos en la lengua:
—Bien, Juan, mejor que nunca.
Ha tenido que pillar la indirecta. No puedo ser más claro: no te aguanto Juan. Ni tengo el valor suficiente para mirar el semblante que exhibe, que va dejando a su paso un reguero de niños traumatizados; ni tengo la capacidad de evitar las ondas de sonido que me lanza cruelmente al hablarme. Porque no, no soy sordo. Porque muy a mi pesar, escucho. Escucho perfectamente. Escucho todas y cada una de las sílabas que este homúnculo se empeña en dedicarme.
–Que bueno tío, a mí también la verdad, y creo que la clave estaba en sacar tiempo para uno mismo, entrenar un poco…
El error es mío, no debí subestimar su imbecilidad. Solo contemplo dos opciones: o es retrasado mental, o un sanguinario asesino de lo único preciado que tengo: tiempo. Inventate una excusa... ¡huye!
—...que este es mi segundo año entrenando. ¿No me ves bien o qué?
—Bien, Juan, mejor que nunca.
Creo que estoy empezando a hacerme gracia a mí mismo. Quizás hoy lo consiga, quizás hoy me pueda pegar un tiro, tranquilo; feliz. Su espeluznante expresión pasa a esbozar una extraña sonrisa. Sospecho que es su mejor intento de adoptar un rostro amable.
—Gracias hombre… bueno, me tengo que ir, que voy con prisa, me alegro de haberte visto, sigue así, ¡hablamos!
Entro en una parálisis implacable.
No, Juan, no me dejes solo.

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