Demasiado
- Magdalena Mihaylova
- Oct 31, 2025
- 5 min read
Por: Magdalena Mihaylova

I've got a fear of missing out
I wanna get drunk and slip up
I need to be talked about
Don't act like you won't miss me
“Shower Beer”
The Beaches
Mi existencia es una serie de disculpas por ser demasiado. Se podría convocar una mesa redonda con todas las personas que han disfrutado de mis cagadas diversas para repasar una juventud marcada por el exceso –amigas, jefes, exnovios y compañeras de piso rajando sobre las múltiples veces en las que no supe parar, no supe respetar, no supe hablar bien. Del mismo modo, mis queridos angloparlantes harían eco de la frase que tantas veces me echaron en cara durante mi época estadounidense: You’re just too much. Sin embargo, este tipo de comentario no hace más que alimentar un victimismo que sirve como el motor para sentirme reconocida en un espacio paradójico de autodesprecio y delirio de grandeza simultánea. Ser demasiado me hace grande, pero ser gigante también incomoda. Es una presencia desmedida e inadecuada; es pisar los valores “universales”, es pasar por alto de los códigos sociales, es ir en contra a lo que supone ser una mujer, una estadounidense, alguien joven.
Ahora bien, este sentimiento de ser presumida y a la vez dependiente a la aprobación de los demás está muy bien reflejado en todo el corpus cultural de la última década, desde los lamentos de Hannah en la serie Girls (“I have work, then a dinner thing, and then I am busy trying to become who I am”), las canciones de Olivia Rodrigo (en “brutal”, súplica: “They say these are the golden years / But I wish I could disappear / Ego crush is so severe”), y hasta el Cuarteto Napolitano de Elena Ferrante (“I wanted to become, even though I had never known what. And I had become, that was certain, but without an object, without a real passion, without a determined ambition,” medita la protagonista Lenú). Es decir, mi situación no es única –tampoco es la de Hannah, Olivia, o Lenú– pero todas sentimos que la es. Pensamos que nuestra historia no importa, que nuestras palabras lamentando no sentirnos vistas o apreciadas son expresiones cansadas y manidas, quejas de chicas burguesas y blancas. Y hasta cierto punto, es así: las personas racializadas o de clase trabajadora no tienen el mismo privilegio de quejarse como hacemos las que tenemos el tiempo para hacerlo o el público que nos acepte tal mensaje (véase Lila en el Cuarteto Napolitano, en una reunión sindical para hablar de la explotación en la fábrica dónde trabaja. Molesta con las pedanterías de los supuestos comunistas: “you can’t even imagine what real misery is”). Es decir, para las Taylor Swifts del mundo, podemos demostrar esa debilidad porque no nos quita legitimidad, sino que nos otorga una especie de capital al ser incomprendidas, perdidas, y, por tanto, misteriosas en nuestra lástima. Cuando duerme la manic pixie dream girl, sonámbula la incomprendida.
Esta actitud refleja uno de los fallos que tenemos las mujeres feministas en nuestra lucha hacia la justicia: al igual que el heteropessimismo en el mundo contemporáneo no hace más que banalizar un problema estructural (por ejemplo, el sistema patriarcal), la proliferación de música, ensayos, o memes para desahogar y compartir nuestras penas como “chicas incomprendidas” anestesia la desilusión, pero no deja de ser una anestesia pseudo-colectiva, cuando lo que realmente se requiere es organización política, militancia, y rebeldía. Lo dice sencillamente Asa Seresin: “If heteropessimism’s purpose is personal absolution, it cannot also be justice.” ¿Y qué es el arte sino un acto intensamente personal e intrínsecamente colectivo a su vez? ¿Para qué sirve una canción, una película, o un ensayo sino para fomentar la solidaridad? Y así vuelvo a la convocatoria de disculpas pendientes: procuro utilizar mi humilde espacio creativo para hacer una llamada a la acción; un intento de permitirnos la comprensión individual para alcanzar la interpersonal, pues es el único camino hacia la liberación.
Pongamos un caso: todos los errores que he hecho conllevan un precio –una amistad perdida, una huida silenciosa, un “te quiero” tragado y olvidado para siempre. Pero también son pruebas de una vida, una pequeña revolución en el mero hecho de tener la valentía para hacerlo mal. El sujeto neoliberal no se permite errores, por no hablar de las mujeres y nuestras camaradas marginalizadas. La bondad se convierte en un intento para obtener reconocimiento; se ejerce para la validación y no por su esencia.
Pero, ¿y si lo humano está escondido en el error? Al cagarla, nos mostramos como verdaderamente somos: egoístas, insensibles, feas, inseguras. Sin embargo, en la disculpa, también lo hacemos: al mostrarnos vulnerables, al explicarnos, al gritar y llorar, irnos y volver –al pedir perdón y recibirlo como una cosa preciosa– en eso somos bellos, eternos.
No obstante, este tipo de reflexión lleva tiempo; no es instantáneo. En un mundo acelerado, tal vez resulte más fácil calificar a alguien como “mala” que comprometerse al proceso tedioso y doloroso de permitir que esta persona haya hecho algo malo, pues para la persona lastimada, servimos como un espejo de lo que también yace latente en ella. Si tú eres mala, yo también la soy. Es una admonición y una invitación.
En mi caso, no solamente acepto la invitación, sino que la celebro. Celebro la chica de 19 años que andaba sin rumbo por las aceras de Nueva York, la angustia de un primer desamor haciendo que a finales de agosto sus zapatillas tuvieran agujeros de tanto gastar. That’s why nobody gets me / You see I struggle to sleep at night canturreaba su grupo favorito de rock de entonces, mientras la silueta de los edificios neoyorquinos brillaba como un telón de fondo melodramático para su lamento.
Celebro y admiro a la chica de 22 años que se entregó a un amor predestinado al fracaso, con el coraje de compartir su todo con alguien que sólo podía darle una fracción. The truth is I am a toy that people enjoy / Till all of the tricks don't work anymore / And then they are bored of me sollozaba Lorde a la vez que ella también lo hacía, pero joder, qué bonito está el cielo nocturno de Canarias en verano, cuando las lágrimas hacen que las estrellas se derriten, y las luces de los aviones parecen ser corazones desangrándose.
Celebro, admiro, y abrazo a la chica de 24 años que quiso ver hasta donde podría estirar los límites de la fidelidad, mitad exploración ingenua de la monogamia y mitad alimento para una autoestima hambrienta. Soy una histérica, una guarra, guarra / No merezco la palabra chillan Las Petunias cuando se despierta en una habitación llena de sombras y un vacío en lo más profundo de su estómago, porque la sabiduría tardía es nada más que un dedo burlón apuntando hacia sí mismo.
Disculpo a la mujer de hoy, porque era y es demasiado, pero eso también se traduce en fuertes abrazos, en ideas desinhibidas, en la libertad. Significa mirarse a los ojos, agarrar y no soltar. Demasiado es sentir todo a la vez, cerrar las puertas como hace una corriente de aire vernal y tirar los cojines al suelo para hacer hueco en el sofá, porque ahí por la puerta viene su mejor amiga con dos tazas de café, y la esperanza de una disculpa.

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