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El estado de estar sin Estado

Por: Miguel Jurado Rodríguez


Una carta del juego de mesa Dixit que busca representar la temática tratada. En el fondo apuntes del autor utilizados para la redacción del escrito. (Edición de la fotografía por Gloria Paramés Urbano).
Una carta del juego de mesa Dixit que busca representar la temática tratada. En el fondo apuntes del autor utilizados para la redacción del escrito. (Edición de la fotografía por Gloria Paramés Urbano).

Cuando me enteré del concepto de este mes de Generation, fue para mí como adentrarme de lleno en una partida del famoso juego de mesa “Dixit”. Éste consiste en repartir un cierto número de cartas en las cuales se representan imágenes fantásticas con gran potencialidad de significados e interpretaciones (cada una más aleatoria que la anterior), donde en cada ronda un jugador debe dejar una carta boca abajo mientras dice un concepto y el resto de los jugadores deben aportar una imagen (de las cartas que poseen) en línea con el concepto propuesto. Así, la gracia de este sugerente juego de mesa es que cada concepto puede ser representado de forma única y subjetiva según la personalidad, vivencias y sensibilidad de cada persona, aunque no por ello deja de ser un juego de lo más universal que pone en unión perspectivas que son distintas y que buscan ser comprendidas. En definitiva, lo importante es que en esta partida ha tocado el concepto de “estado”, así que aquí va mi carta:


Todos sabemos que la palabra “estado” no tiene solo un significado, sino que de hecho posee varias acepciones de lo más interesantes y sugerentes (y no por ello existen acepciones con menos relevancia que otras), donde justo da la casualidad de que, en el punto actual de mi vida, varios de sus significados me permiten trazar una reflexión sobre el estado actual de mi presente.  


Como a muchos coetáneos de mi generación (nacidos a principios de la década de los 2000), me pasa que tras acabar mis estudios universitarios me toca abordar una época tan compleja como inesperada (por lo menos para mí) de toma de decisiones sobre mi presente más inmediato y, sobre todo, sobre mi futuro a medio y largo plazo. Asimismo, entre las múltiples variables que se me han presentado y me han determinado el modo y manera en la que me planteo mis decisiones, una de ellas es la importancia de elegir un lugar.


Ese parámetro -el de dónde acabar ubicado en el mundo- jamás pensé que me lo iba a llegar a plantear; de hecho, no es que simplemente en mi niñez o adolescencia este tema no rondara por mi cabeza (porque como imagino que casi todos, suponía que el estado natural de la realidad de mi vida iba a consistir en desarrollar mi biografía en el mismo lugar en donde nací), es que ni siquiera hace tres años me puede imaginar que algo que no se encontraba entre mis prioridades vitales en pocos meses iba a desordenar todos mis supuestos y estructuras sobre mi futuro (e incluso presente más reciente).


Este trastoque de mis prioridades y modelos vitales es justo apuntar que no se dió de la noche a la mañana, sino que más bien se fue generando poco a poco por diversas experiencias que se presentaron de manera espontánea y necesaria en mi vida. Con ello, me puedo referir directamente a la salida a otro mundo -con respecto a lo que era mi barrio y mi vida en la adolescencia- que supuso el inicio y el desarrollo de mi carrera de filosofía; la experiencia revolucionaria de mi Erasmus en Grecia (que me hizo madurar y reafirmar lo que yo soy y quiero ser); además, como asentamiento de todo ello, también tuve de forma definitoria el año de máster, que me permitió madurar mis prioridades y mi actividad intelectual con ese “año plus de carrera”. 


En línea, por tanto, de todas estas experiencia, como casi de una decisión ajena empecé a tener la sensación -hasta que progresivamente se convertiría en un estado permanente en el tiempo (y no un mero capricho o decisión fútil)- de que a lo mejor el Estado del que me creía partícipe no necesariamente es el más adecuado para mí y para la construcción del futuro que creo que quiero.


De esta forma, se me ha generado una sensación -casi incomprensible incluso para mí, aunque suene contradictorio- de que pueden existir otros lugares más adecuados al modo y manera de vida que quiero y que sobre todo de momento no conozco. Con ello no quiero que se entienda que se romantiza la idea de un “lugar extraño” y que se rechaza cualquier arraigo, de hecho, todo lo contrario: el respeto y el vínculo por lo propio no solo está y seguirá latente, sino que, además, precisamente aquella familiaridad del lugar de origen trae consigo una estabilidad que garantiza poder retornar a un lugar seguro en cualquier momento. 


Por ende, me encuentro en el problemático y paradójico estado de sentirme vinculado con aquello de donde provengo y realmente quiero (y configura de manera esencial quién soy), pero a su vez, tengo la necesidad de tener que moverme y seguir avanzando. Esa necesidad, por tanto, consiste en seguir construyéndose con lo nuevo a partir de lo ya existente; hallar modelos de vida más idóneos con mi forma de ser, donde a partir de las experiencias ya mencionadas (Erasmus, carrera y máster) conseguí conocer y participar de forma indirecta de esos posibles modelos que me resultan atractivos; y en definitiva, tener la esperanza que aquello desconocido (y no ubicado) pueda vincularse con lo que me resulta más o menos familiar y agradable.


De hecho, esta incertidumbre mentada de estar ubicado en la desubicación (sí, soy consciente de cómo navego en el absurdo con esta frase, pero no por ello representa más mi sensación actual) se puede vincular a la adscripción de no tener un Estado fijo. Con esta idea es necesario aclarar que, pese a que no quiero quitarle la ilusión a posibles lectores anarquistas que estén leyendo esto (que respeto profundamente), no me estoy refiriendo precisamente a su modelo político de abolición del Estado, sino más a una propuesta cosmopolita. Un cosmopolitismo que, basándome en definiciones que otorgan ciertos autores, consiste en dejar de lado los grupos separados y los modelos de Estados concretos (definidos a partir de una nación, etnia e incluso clases sociales) para defender una posición comunitaria que ponga en valor la razón, la cultura, la ética y sobre todo la humanidad de las personas, con absoluta independencia del lugar al que pertenezcan.


Asimismo, en definitiva, es esa defensa de valores y modelos vitales amables para uno mismo y para el resto de los seres humanos la que nos permiten garantizar que en estos estados de vida complejos -en donde todos buscamos encontrarnos a nosotros mismos (suponiendo -aunque no creo- que esto se reduzca exclusivamente a esta época de la vida y no sea una constante hasta el final de nuestra existencia)- podemos sentirnos plenos independientemente del Estado al que pertenezcamos, ya que la brújula y el hogar que estamos buscando no depende de la ubicación concreta en la que estemos, sino que más bien brota de dentro de nosotros mismos, si compartimos aquello que merece la pena con otros seres humanos. 


 
 
 

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