Ludere: el arte de jugar
- Ignacio Morenés Carredano
- Sep 26, 2025
- 3 min read
Por: Ignacio Morenés Carredano

Tienes que entregarte al delirio. Tienes que estar tan fuera de lo común que, al pasar, la gente se detenga y se pregunte: “¿qué le pasa a esa persona?”. O mejor aún: “¿con quién ha hecho un pacto? ¿Con qué ser interdimensional firmó un contrato en mitad de la noche para ser como es? Me da miedo que si le toco, a lo mejor me desintegro”.
¿Sabes de dónde viene la palabra “delirio”? Del latín ludere, que significa “jugar”. Los juegos y festivales romanos se llamaban Ludi. Con el tiempo, la gente empezó a mirar a quienes se divertían, reían y se dejaban llevar, y transformaron la palabra en un insulto: “ese es ridículo”; “ese es iluso”. Tal vez es porque juegan demasiado fuerte, porque caen con demasiada fuerza, porque se mueven de forma distinta. Porque su juego es demasiado intenso. A ese tío le pasa algo.
¿Por qué se llama loco a alguien? Porque el movimiento les genera miedo. Todas las expresiones despectivas para la locura hablan de alguien que se mueve de manera impropia: “se le va la cabeza”, “no está en sus cabales”, “anda perdido”, “no está del todo aquí, “pero, ¿dónde está?”
Pues, no lo sé.
Y ahí está el problema: te quieren localizado, predecible, quieto, inmóvil. “Extraño” viene del latín extraneus, que es de fuera, un extranjero. “Un cañón suelto”: quieren que estés amarrado, que no vayas a ningún lado. “Desencajado”: lo mismo, alguien al que se puede apartar fácilmente.
¿Qué tiene de raro que alguien quiera probar el movimiento de su propio cuerpo, de su propio eje, aunque en el proceso se rompa la cabeza? Eso es juego. Y solo el juego completa al ser humano –lo dijo Schiller. Platón escribió que se conoce más a una persona en una hora de juego que en un año de conversación. Nietzsche dijo: “Debes tener caos dentro de ti para dar a luz a una estrella danzarina”.
Siempre he admirado a este tipo de personas. Recuerdo a mi psicólogo David, tan peculiar, tan extraño y a la vez profesional. Cómo se traspasaba entre los límites. Cuan cariñoso era y cómo se movía; no había escuela que le delimitase. No tenía manera de hablar, no tenía protocolo, y, sin embargo, parecía que cada palabra suya era parte de un caos perfecto y ordenado. Recuerdo también ver sus tatuajes completamente ajenos , casi bailando cuando iba a coger una taza de café, y pensar en lo poco que sabía en el fondo del ser humano, las ilusión de ser como él, tan extraño y entrañable, y la decepción de descubrir que tenía que hacerme mi propia persona.
Miedo a ser extraño es miedo al movimiento. Es un rechazo de la vida, un temor a la autenticidad y a ser descubierto. Pero aquí está lo más importante: nunca podrás descubrirte en aislamiento puro. Otros tendrán que ser testigos de tu transformación. Tendrás que parecer loco. No hacerlo, encerrarse de esa forma, es casi una blasfemia.
Quiero movimiento, incluso si es tan inestable como la desintegración de un átomo de uranio. “¿Quién eres tú para permanecer tan quieto, tan callado, como un peso muerto de plomo?” Crear arte nuevo, hablar con un desconocido, fundar una comunidad… todo eso requiere una chispa de juego insensato, la pregunta: “¿qué pasará si junto estas dos cosas?” “¿Hasta dónde puedo llevar este movimiento mío?”
Adelante: no te balancees si no quieres. Cuando mueras, dirán que eras muy correcto, que siempre tuviste expectativas razonables, que hablabas poco, te movías poco, vivías poco. Tanto, que al ver tu cuerpo inmóvil parecerá que aún sigues vivo.

![Culpa ubi [non] est](https://static.wixstatic.com/media/124582_a0778fbb808441e6af27d32ceaf821e9~mv2.png/v1/fill/w_980,h_544,al_c,q_90,usm_0.66_1.00_0.01,enc_avif,quality_auto/124582_a0778fbb808441e6af27d32ceaf821e9~mv2.png)

Comments