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Perdones para ayer que son olvidos para hoy

Por: Luis Javier Capote Pérez


«El retorno del Hijo Pródigo», de Rembrandt.
«El retorno del Hijo Pródigo», de Rembrandt.

Cuando la directora de Generación planteó el tema de la disculpa como eje central de esta edición, una idea asaltó mi mente, una que gira en torno a un asunto recurrente para el país en el que nací y en el que vivo la mayor parte del tiempo, España: las peticiones de perdón.  


Hace unos años, Andrés Manuel López Obrador, a la sazón presidente de México, saltó a la palestra exigiendo que España pidiera perdón por la conquista de su país. Dejando aparte el hecho de que un acontecimiento histórico no puede reducirse al planteamiento simplista de una calificación entre buenos y malos, había una cierta ironía en que quien lo planteó fuera alguien cuyos abuelos habían nacido en el viejo mundo. Por mucho que el mandatario mexicano quisiera extrapolar la historia común entre España y México a los comportamientos coloniales de potencias como el Reino Unido o Francia, la comparativa no resiste un análisis medianamente serio desde un punto de vista histórico. Sin embargo, aquella era una forma de distraer la atención sobre serios problemas internos y ciertas relaciones enrarecidas en tiempo presente. La búsqueda de un enemigo al que echar la culpa de todos los males es un clásico en la historia humana. En la Dolchstoßlegende o puñalada por la espalda se atribuía la derrota de Alemania en la Primera Guerra Mundial a la traición de socialistas, republicanos y judíos. En la matanza de Torrejón se acusaba a la comunidad chino-mexicana de estar al servicio del dictador Porfirio Díaz. Justificaciones siempre endebles –pero igualmente efectivas– se convierten en el casus belli que desencadena una respuesta que en no pocas ocasiones es de naturaleza violenta. 


En otras ocasiones, el acto de pedir perdón tiene una apariencia de restitución que puede dar lugar a incómodas comparativas. Así, a finales del siglo pasado Alemania pidió perdón al pueblo vasco de Guernica por el bombardeo llevado a cabo por la Legión Cóndor, la fuerza aérea del III Reich que apoyaba al bando sublevado que acabaría dirigiendo Francisco Franco. El acto se produjo en 1998 por medio de una declaración en el parlamento germano. Este acto de agresión es uno de los más recordados de este conflicto e inspiraría a Pablo Ruíz Picasso para pintar su obra pictórica homónima y fue una muestra de la forma en la que las potencias del Eje emplearon la guerra civil española como campo de pruebas para la segunda conflagración mundial. Sin embargo, no se han planteado actos semejantes por el hecho de que el gobierno dirigido por Adolf Hitler apoyara a los golpistas, jugando un papel determinante en su victoria. Tampoco se ha tomado en consideración que ese soporte no era gratuito, debiendo pagarse con recursos naturales y mano de obra. Desde mi punto de vista, hay algo de agravio comparativo en este comportamiento, toda vez que colectivos españoles -como la Asociación para la Recuperación de la Memoria Histórica-  pidieron en fecha tan reciente como 2022 un reconocimiento. En este caso, juega el hecho de que Alemania existía entonces y ahora y que los gobiernos, así cambien su forma o estructura, heredan las responsabilidades de sus predecesores, según el principio de sucesión de los Estados. Volviendo al caso de México, el país que actualmente conocemos como tal es el heredero de las instituciones surgidas a partir de la conquista. Sin ella, no estaríamos hablando de la misma entidad y en todo caso, los descendientes de los conquistadores son ahora la ciudadanía mexicana, incluyendo a sus gobernantes. Por otra parte, resulta paradójico -por no decir irónico- que el gobierno mexicano haya pedido esa solicitud de perdón a Francia por la invasión promovida por Napoleón III que destituyó a Benito Juárez de la presidencia para imponer a Maximiliano de Habsburgo como emperador. Tampoco hay visos de que se exija ese acto de contrición a los Estados Unidos, ese vecino del norte que arrebató más de la mitad de su territorio. En ambos casos, el México que conocemos ya existía y existe también un sentimiento en un sector de la población del país que aboga por cursar esta petición, en tanto que en otros se ha generado un movimiento irredentista que plantea como objetivo la reincorporación, ya política ya cultural, de los territorios situados al norte del Río Grande. Ironías de la historia, el término escogido para referirse a este sentimiento se ha denominado Reconquista. 


Hay casos en los que dar trigo resulta más sincero que predicar vacíamente. Así, la restitución de bienes de interés cultural a sus países de origen desde sus antiguas metrópolis ha contribuido a la normalización de unas relaciones que no siempre son sencillas y a costa de hacer muchos encajes de bolillos: por ejemplo, en 2020 Francia devolvió a Madagascar la corona de su última monarca, la reina Ranavalona III y en ese mismo año aprobó en sede parlamentaria la devolución de bienes de interés cultural a Senegal y Benín. Para ello hubo que cambiarse durante los trámites legislativos el término restitution (restitución) por el de transfert (transferencia), rechazando el senado galo la posibilidad de crear comisiones que den respuesta a los pedimentos de otros países. Para escribir esta aportación he buscado información sobre la realización de los actos de restitución, sin que haya encontrado noticia de que se hayan producido. Otras veces las restituciones o más bien su imposibilidad por negativa son escollos en el camino de la diplomacia, como los que pueden existir entre Alemania y Egipto o el Reino Unido y Grecia, a cuenta de bienes como el busto de Nefertiti o los frisos del Partenón. Las normas internacionales en la materia han sido elaboradas a partir de un consenso que implica que ciertos casos como éstos no se van a tocar. Esto se enmarca en una discusión más compleja, porque siempre existe el riesgo de que una restitución total convierta a los museos en lugares donde solamente hay una cultura, una historia y una visión, pero esta reflexión queda para otra ocasión. Volviendo al punto del presente párrafo, ¿de qué sirve la declaración de devolución si ésta no se produce? De nuevo, ¿existe un genuino deseo de arrepentimiento cuando el gesto –de palabra, pero no de obra– se circunscribe a unos países y deja fuera otros? 


En Canarias, la región en la que nací y vivo la mayor parte del tiempo, existe también quien dice que España debería pedir perdón por la conquista o por los actos que desde la óptica del tiempo presente resultan inaceptables. Dejando aparte la controversia que supone el juicio de hechos del pasado con reglas y valores de hoy, el propio concepto resulta un tanto incoherente. El proceso de conquista e incorporación de las islas no se llevó a cabo por parte de una España que estaba en proceso de conformación, sino por la Corona de Castilla. Por su parte, Canarias no existía como concepto, sino siete islas con distintos niveles de desarrollo, algunas de las cuales estaban divididas a su vez en varios reinos. En la conquista de Tenerife los distintos menceyatos se dividieron en bandos de guerra y paz -enemigos y aliados respectivamente de la hueste invasora- y Tenesor Semidán, penúltimo rey de Gran Canaria, se convirtió en Fernando Guanarteme y combatió del lado de los castellanos. En mi familia hay antepasados peninsulares y benahoritas, los habitantes de La Palma, por lo que a veces me pregunto si para exigir ese perdón o para pedirlo debería ponerme delante de un espejo. 


Hay personas que piensan o, mejor dicho, que sienten que tienen que existir estos actos de petición de perdón. Las razones son diversas, tanto autoinducidas como resultado de un discurso que casi nunca es neutral y muchas veces fruto de una propaganda espuria. Cada cual es libre de tener sus opiniones, pero no se pueden plantear desde los sentimientos y querencias personales, pues así se desee cambiar la realidad y se reduzca todo a un maniqueo duelo entre el bien y el mal. En no pocas ocasiones, el punto de partida es la existencia de una edad dorada que extraños –invasores, inmigrantes, siempre ajenos a ella– destruyeron. La realidad es siempre compleja y la idea de una historia humana dirigida por unas pocas figuras providenciales hace tiempo que está abandonada. Si en la petición de AMLO se trata de reivindicar al Imperio Azteca, hablamos de una potencia particularmente agresiva que sojuzgaba a otros pueblos a su vez. Si entramos en esta dinámica, ¿no tendría el pueblo mexica que pedir perdón a quienes descienden de las comunidades controladas bajo su yugo? 


Hay en Hispanoamérica otro ejemplo bastante revelador sobre este particular y es el del Imperio Inca. Hoy en día, los modernos países que conforman el cono sur son también herederos de las instituciones creadas tras la conquista. De hecho, los antiguos símbolos del poder español en cada país son hoy en día símbolos de poder asumidos por la ciudadanía de cada país, incluyendo a las comunidades originarias. El dominio incaico fue ejercido por el pueblo quechua y todavía hoy, el recuerdo de ese pasado imperial es fuente de conflictos entre aquella comunidad y otras sometidas como la aymará. Es un conflicto latente entre comunidades repartidas por distintos países que existían en el pasado y perviven en la actualidad. 


La historia de la humanidad está llena de episodios que, desde la ética, la moral y el derecho actuales solamente pueden ser calificados como execrables. Institutos como los de la esclavitud –considerada no solamente legal, sino también justa en diversos momentos y en distintas sociedades– son hoy mayoritariamente aborrecidos. Sin embargo, las exigencias de perdón plantean un mundo en el que las culpas de las generaciones pasadas han de ser asumidas por las actuales; un escenario en el que todo se reduce a un maniqueísmo de buenos contra malos; unas relaciones en las que importan más las palabras que los hechos y en las que los sufrimientos del pasado son empleados de forma refalsada para evitar el enfrentamiento con problemas presentes y la asunción de la responsabilidad propia respecto de ellos.

 
 
 

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