top of page
Search

Preocupación pero con matices: deslumbradas por la inteligencia artificial

Por: Marta Checa Pajares


Los pasillos de la facultad no cambian, pero la educación sí.
Los pasillos de la facultad no cambian, pero la educación sí.

En las últimas semanas no he parado de escuchar y leer a profesorado de todos los niveles, desde la educación primaria hasta la educación superior, preocupadísimos por cómo la inteligencia artificial está afectando a sus prácticas docentes. Se ven abrumados y, en ocasiones, paralizados ante esta deriva del avance tecnológico.


Sin embargo, dicho “avance” tecnológico (entre comillas, porque no siempre lo hace en la misma dirección, ni existe un horizonte común hacia el que caminar y porque parece que esta palabra se rodea de un halo de mejora y progreso humano que puede ser bastante cuestionable) continúa, y parece que la inteligencia artificial es el nuevo significante imán capaz de atraer hacia su pesada órbita todo aquello que, precisamente, es considerado como un “avance”: la automatización de procesos, la delegación de decisiones a algoritmos o el uso de asistentes conversacionales. Todo esto conlleva una serie de emociones vinculadas y muy contradictorias entre sí: entusiasmo, miedo, exaltación, catastrofismo… Y puede que todo este amasijo de posiciones entre la tecnofilia y la tecnofobia puedan explicarse por un mismo fenómeno: el deslumbramiento del juicio que nos está generando el uso e incesante flujo de información sobre la IA.

 

Recientemente, con el objetivo de realizar una investigación sobre educación y pensamiento crítico, he entrevistado a varios profesores/as y estudiantes universitarios/as. Y, aunque el uso de la IA en este ámbito no era uno de los objetivos de mi investigación, ha sido una cuestión recurrente marcada por un fuerte alarmismo y, al mismo tiempo, por un silencio ensordecedor. Exclamaciones de ya nadie escribe nada se veía igualado por afirmaciones de que pues no sé qué decirte o meras ausencias en los discursos. Creo que es obvio en qué lado de la trinchera se han situado profesorado y alumnado, por lo que a nadie le sorprenderá escuchar que esta cuestión se ha convertido en el casus belli de algunos enfrentamientos en el aula.

 

La verdad es que traigo más preguntas que respuestas porque yo sigo también deslumbrada. Es un tema que me toca de cerca, pues sigo siendo estudiante (aunque no por mucho tiempo) y he podido resonar con muchos de estos conflictos, silencios y contradicciones. No obstante, considero ineludible esperar a que nos dejen de pitar los oídos por esta granada cegadora y ponernos a pensar colectivamente sobre esto.

 

Desde el bando del estudiantado universitario, no queremos que el uso de la IA empañe nuestro esfuerzo, por lo que reconocerlo es complicado y se acaba por ocultar. Hacerlo significaría cuestionar nuestras capacidades y a ninguna persona le gusta sentirse cuestionada. Pero hablar de ello es necesario; nos sirve como ejercicio de honestidad hacia nosotras mismas, pero también para arrojar la capa de misticismo que envuelve esta herramienta. ¿Es igual usar este tipo de instrumentos para la ayuda en la redacción o para la corrección de estilo que para el aporte de ideas “originales”? ¿Es lo mismo solicitarle ayuda para la estructura de una práctica universitaria que para la construcción de un ensayo con tono crítico?

 

Ahora bien, no quiero pecar de ingenua –entiendo que la IA es opaca;  ha generado cambios profundos en poco tiempo. Pero no podemos quedarnos encerradas en esta idea. No puedo no pensar en que ya se han dado avances tecnológicos que pusieron ciertos ámbitos patas arriba y que ya se dieron estos discursos catastrofistas motivados por el miedo. Recuerdo como profesores se echaban las manos en la cabeza cuando descubrieron webs como El Rincón del Vago o simplemente nos prohibían usar la Wikipedia. Al mismo tiempo, parece innegable que un uso indiscriminado de la IA, carente de un anclaje en habilidades críticas previas, es algo por lo que preocuparse. No podemos delegar toda nuestra creatividad y capacidad crítica en estas herramientas, pues son habilidades que se entrenan y evolucionan, pero también se pierden si dejamos de emplearlas. 

 

A día de hoy, pensando en el ámbito educativo, me muevo entre esta preocupación por los posibles efectos adversos en el aprendizaje y un rechazo profundo a la reacción casi ludista que se ha dado en ciertos círculos académicos. Es difícil navegar en esta posición sin dejarse atrapar por narrativas simplistas y chivos expiatorios, por lo que dejo aquí esta reflexión con el objetivo de poder pensar tranquila y colectivamente al respecto. ¿Cómo debemos posicionarnos cómo alumnado ante su uso? Está claro que no podemos caer en demonizarla, pero debemos estar alerta con cómo esto nos puede hacer vulnerables  y cómo puede acabar afectando a nuestro pensamiento crítico.

 
 
 

Comments


bottom of page