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Quienes no pueden recordar su historia están condenados a repetirla

Por: Miguel Jurado Rodríguez


La escenificación humanoide de nostalgia representada en una famosa película de animación (Selección y edición de la foto por Gloria Paramés Urbano)


Todos nosotros, a lo largo de nuestra trayectoria personal o biográfica, hemos sido receptores de esta potente frase que da nombre a este artículo. Una frase que en cierta medida busca hacernos partícipes de una reflexión colectiva sobre la utilidad o no del pasado, sobre si es conveniente que este pasado conforme nuestra realidad presente y, sobre todo, si la referencia y el conocimiento de esos sucesos que han quedado atrás tienen la potestad de determinarnos y construir nuestro porvenir.


De esta manera, como se puede desprender de lo planteado, resulta cuanto menos polémico cómo la historia puede permear y configurar ya no solo nuestra realidad presente, sino además nuestra realidad futura. Esta polémica, por ende, lo que nos permite lanzar es la pregunta de si realmente es una condena -o más bien una esperanza- repetir los pasos que ya hemos dado o que otros han emprendido antes que nosotros.


A través de estas dos posibilidades (es decir, que sea una condena o una esperanza) que se nos abren sobre esta dialéctica entre el pasado y el futuro, se pueden desprender dos posiciones generales según los cuales la humanidad y la historia intelectual en general (sobre todo los diferentes pensadores y filósofos) han afrontado el pasado a la hora de establecer un nexo con el presente y sobre todo una forma de imaginarse la construcción de un futuro.


Asimismo, por un lado, es necesario resaltar la posición existente en la humanidad que apuesta por reivindicar una ruptura clara y rotunda con aquello ya ocurrido, generando así modelos y realidades completamente innovadoras; y, por otro lado, en contraposición a este supuesto, hay que destacar la posición de aquellos teóricos que utilizan eso acaecido como un vehículo fundamental que articule un porvenir deseado.

Con el objetivo de ser más clarificador, me centraré brevemente en describir de forma ensayística cada uno de estos modelos.


Sobre el primer posicionamiento que resulta ser rupturista, cabe señalar cómo la emancipación nace de considerar lo heredado ya no solo como desligado de nuestro ser, sino además pernicioso y degradado. Como alter ego, se apuesta por una supuesta potencialidad que se considera más esencial a nosotros y que resulta nacer de toda creación que parta principalmente de un pilar novedoso.


Respaldando esta postura podemos ver ejemplos en la historia dónde diversidad de corrientes o personajes de todo tipo han buscaron romper o revolucionar a través de supuestos “giros copernicanos” las disciplinas de las que provenían. Siendo más concreto puedo mencionar en este punto casos como el de Immanuel Kant -el cual pretendió rescatar a la teoría del conocimiento del abismo y la incertidumbre en la que autores de la tradición precedente (como David Hume) la habían posicionado- y la corriente artística futurista -corriente vanguardista que buscó llevar a cabo creaciones artísticas completamente novedosas y desligadas del arte que se venía realizando.


Ahora bien, de manera esencialmente antagónica a este posicionamiento, podemos destacar otras corrientes culturales e intelectuales que utilizan la nostalgia como elemento movilizador: una movilización que busca, mediante la reivindicación y la reconstrucción de aquello sucedido, una proyección para la conformación de un futuro semejante con respecto a aquello que ya se demostró que podía pasar y que, desde esta perspectiva, funcionaba de manera deseable.


Bajo este espacio se puede realizar un nuevo revisionismo histórico donde se pueden encontrar corrientes intelectuales restauracionistas que poseen objetivos culturales, económicos y políticos de todo tipo. Sobre este último ámbito se nos pueden venir a la cabeza fácilmente motivaciones conservadoras que buscan escudarse en la frase “todo tiempo pasado fue mejor”; pero también existen corrientes progresistas menos conocidas (en occidente especialmente) que se sustentan sobre la base de pueblos originarios o autóctonos, que defienden modelos alternativos al capitalismo basados en formas más respetuosas y amables de tratar a lo otro (ya sea el entorno o la sociedad) y a uno mismo. De forma consecuente, sobre el ámbito conservador podemos destacar al movimiento político carlista (más ortodoxo) -que entre otros aspectos defendía la vuelta al Antiguo Régimen- y con respecto al progresista podemos hacer mención al pensador y político peruano José Carlos Mariátegui -el cual estructuró una defensa heterodoxa del marxismo sustentada bajo los pilares sociales y políticos del régimen incaico.


Habiendo expuesto estos dos posicionamientos tan complejos de esta polémica sobre la interrelación del pasado y la construcción de un futuro, creo que es de justicia cerrar este espacio mostrando mi humilde valoración.


Comenzando con la perspectiva que busca independizarse con lo ya ocurrido, se parte de la pretensión (bastante soberbia) y apriorística de que realmente cualquier camino que nos lleve a lo “nuevo” (aunque sea intencionalmente incierto) va a ser intrínsecamente mejor, cuando en ningún momento nada nos determina o nos da certeza de ello.


Además, otro aspecto que resulta más inquietante (si cabe) de este modelo es la idea de no tomar en consideración a la historia como lo que es, es decir, como esa antigua y silenciosa maestra que nos interpela de manera aleccionadora para no repetir los errores que ya se han cometido, dónde en el caso de que inconscientes de nosotros apostemos por desoírla, esta tomará excepcionalmente la palabra para sentenciar un: Os lo dije.


Sobre el otro posicionamiento sustentando en la añoranza (sobre el cual he de admitir que me convence algo más), creo que tampoco es cerrado y perfecto, sino que más bien, por lo general, se comete el error de apostar por idealizar el pasado, un pasado que en muchos casos no ha llegado al presente completamente imperturbable y ajeno a las inclemencias del tiempo, sino que más bien es hijo de esas mismas circunstancias que determinan la mirada del receptor.


Además, otro fallo que encuentro a esta nostálgica revisión de la historia es la ingenua suposición de que lo ocurrido puede ser restaurado de manera similar o idéntica. Identidad que a mi parecer jamás se va a plasmar de manera igual, ya que, en este caso, ya sea para bien o para mal, me adhiero al famoso dicho que sentencia: “la historia no se repite, aunque rima”.


En definitiva, uno de los aprendizajes que he querido mostrar con este escrito es la llamada a la reflexión sobre de qué manera lo ocurrido antes de nosotros -aspecto que no controlamos- puede o no condicionar o determinar, ya no solo el presente, sino también el futuro y así, la imaginación que tenemos del mismo. Una reflexión temporal que, en consecuencia, ha buscado interpelar al lector para que atienda y respete la herencia recibida, ya no solo por tener que cuidarla como un fin en sí mismo -que también, para así ser conscientes de dónde venimos- sino además para que se piense cómo queremos que sea nuestros pasos futuros y si esos mismos pasos son merecedores o no de ser caminados de la mano de aquello que nos ha precedido.

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[1] Aforismo de Jorge Agustín Nicolás Ruiz de Santayana y Borrás.


Puede ponerse en contacto con el autor en la siguiente dirección de correo electrónico: miguel2001jurado@gmail.com.

 
 
 

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